miércoles, 8 de mayo de 2013

Un chupete en las manos de un bebé

Aquel día me desperté, estaba todo muy oscuro y silencioso hasta que Gertrudis comenzó a llorar, su madre vino corriendo y me metió en su boca, luego la cambió y le dijo con voz dulce que se iban de paseo, seguramente yo también salía. ¡Bien!, me encanta salir y ver cosas nuevas. Ya llevábamos unos diez minutos paseando cuando pasamos por una tienda de chucherías y Gertrudis se enfadó porque su madre no le quería comprar nada. Llorando me lanzó con tanta fuerza que aterricé en un caca de perro, estaba muy sucio y olía mal, así que me llevaron a casa, yo pensaba que me limpiarían con una toallita pero ¡no!..., me metieron en una cazuela como a una vulgar zanahoria. El agua empezaba a calentarse cada vez más, yo me ahogaba y estaba muy mareado, sentía que me fallaban las fuerzas y me quedé dormido.

Me desperté tres dias después. Estaba echado en la mesilla y Gertrudis no paraba de llorar, faltaban tres dias para su cumpleaños y le estaban saliendo los dientes: me necesitaba más que nunca. Pasé esos tres dias muy unido a ella pero el día de su cumpleaños le regalaron otro chupete más bonito y a mí me dejaron olvidado en un rincón. Desde aquel día la veo crecer, ahora tiene once años, está un poco loca, tiene miedo a los saltamontes y me ha olvidado completamente.
Autora: Adriana